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“Todo lo relatado anteriormente en relación con los descubrimientos sobre la torre de Santa María de Tauste me producía una especie de vacío, pues era evidente que se había construido antes que la iglesia, ¿pero cuándo? No hay documentos sobre la construcción de la misma y todo lo que se había diagnosticado se había hecho en base a comparación de estilos entre unos monumentos y otros. Según la historiografía tradicional, tanto la iglesia como la torre habían sido erigidas en el siglo XIII por alarifes musulmanes al servicio del poder cristiano. Tauste había sido conquistado por Alfonso I el Batallador hacia 1121, es decir, a principios del siglo XII. En la segunda mitad de ese siglo se data la iglesia de San Antón, una construcción llevada a cabo mediante la técnica del tapial de yeso, cuya humildad refleja la precariedad económica y social que todavía arrastra la población después de la guerra. Se encuentra en un arrabal de la parte baja, lo que significa que en el enclave principal del casco urbano ya debían tener un templo y que ese tenía que estar donde ahora se encuentra la iglesia de Santa María, pero, evidentemente, no es el que hoy conocemos.

La torre de Santa María de Tauste es una construcción magnífica hecha de ladrillo sentado con yeso, de planta octogonal y 47 metros de altura. Repasando la historia hacia atrás, no cabe imaginar semejante obra en ese periodo de pobreza comprendido entre la conquista de 1121 y la primera mitad del siglo XIII, inicio de la iglesia actual, que, lógicamente, comienza por el ábside para continuar con los tres tramos de bóveda de crucería hasta alcanzar la torre. ¿Y cómo iban a hacerla antes, en época islámica, si, según los historiadores, hasta la llegada de Alfonso I el Batallador, Tauste apenas había tenido población? Pero había otro detalle en cuanto a la iglesia actual: está orientada hacia el sureste, cuando los templos cristianos medievales siempre se orientaban hacia el este, como lo está la de San Antón. Otra “pieza” más a encajar en el puzle.

 Cuando estudiamos Historia de España, pasábamos directamente de los visigodos a la “Reconquista”, dejando esos siglos de dominio islámico en una total oscuridad, algo así como un pasado vergonzoso e indeseable. Los musulmanes eran los enemigos que habían invadido nuestro país y nos había costado ocho siglos echarlos de nuevo. Aun en el presente, sigue instaurada la idea de que nada que no haya sido cristiano haya podido ser español. Una reflexión sobre este fenómeno la escribí en un artículo que titulé “Los otros españoles”.

 La realidad fue bien distinta. A la caída del Imperio romano sucedieron en Europa dos siglos y medio de miseria y retroceso, en la antigua Hispania bajo el dominio de los visigodos que tenían al pueblo constantemente enfrascado en guerras civiles, entre otras cosas porque la corona no era hereditaria y cada vez que moría un rey (frecuentemente asesinado) se producían sangrientos conflictos por su sucesión. El último de ellos tuvo lugar entre don Rodrigo y los herederos de Witiza. Un ejército islámico cruzó el estrecho de Gibraltar en el año 711, llamado por esta última facción, para ayudar a vencer a don Rodrigo. Conseguido su objetivo, se encontraron con un vacío de poder al que fueron invitados a ocupar mediante un pacto con la Iglesia Católica, la cual seguiría ostentando el liderazgo religioso. Ello explica que la conquista de un territorio que, siglos antes, a los romanos, con un poderío militar muy superior, les había costado dos siglos de sangre y fuego, estos lo hicieran en tan solo tres años. Algo así como un paseo por el parque. Poco podía sospechar el poder religioso católico que el islam acabaría imponiéndose como religión ya que el cambio de régimen no supuso una invasión masiva de musulmanes que vinieran a colonizar nuestras tierras, desplazando a los habitantes de aquí, que siempre siguieron siendo los mismos. Uno podía seguir practicando su religión cristiana o judía porque, además, en el islam está prohibido obligar a nadie a profesar su fe. Cuando en el 714 el ejército islámico llega al valle medio del Ebro, uno de los señores más poderosos de este territorio, un conde visigodo llamado Casio, sale a su encuentro y hacen un pacto mediante el cual él se hacía musulmán y se incorporaba al nuevo sistema a cambio de que le permita conservar su territorio. En cuanto a la población, si bien podía mantener su religión cristiana, se imponía un impuesto de capitación del que podían librarse si se convertían al islam. El conde Casio se había convertido, fundando así la dinastía de los Banû QasÎ y la mayoría del pueblo lo tuvo claro: se convirtió también.

La entrada de aquel nuevo sistema social, político y religioso supuso, de alguna manera, una liberación y un progreso para las gentes. Llegaron las tecnologías más avanzadas por aquel entonces procedentes del mundo oriental y el avance fue notable en todas las áreas: agricultura, medicina, botánica, filosofía, astronomía, comercio, etc. Se reaprovecharon y ampliaron los sistemas de regadíos abandonados tras la caída del Imperio y la demografía comenzó a crecer notablemente. Se recuperó el estudio de los clásicos y en nuestra piel de toro se inició un renacimiento muy anterior al italiano que vendría siglos después. Europa debe mucho a las grandes figuras que aquí se dieron, pero no nos lo contaron en el instituto, a pesar de que no eran gentes renegridas ni llegadas de otros territorios, sino personas de aquí, descendientes de los celtíberos de siempre.

Alandalús, bajo la dinastía de los Omeya, procedente de Damasco, fue durante siglos algo así como un faro para el resto de Europa. El límite por el norte de aquel gran país se estableció en la Marca Superior (en árabe, ath-Thagr al-‘Alà), territorio que ocupaba todo el valle medio del Ebro, con capital en Saraqusta. Como siempre ocurre, el poder se corrompe con el tiempo y, a partir del año 1000, el califato de Córdoba se desmorona. Es este territorio uno de los primeros en declarar su independencia respecto a Córdoba. De esa forma se crea aquí, en el año 1018, por primera vez en la historia, un reino independiente con personalidad propia, con una extensión que llegaría a superar a la del actual Aragón (desde el Prepirineo hasta Tudela, Soria, Calatayud y Tortosa, con salida al Mediterráneo y el Ebro como vía fluvial navegable), cuando Aragón todavía no existía como reino y se limitaba a un pequeño condado, en un rincón en los Pirineos.

Aragón tardaría todavía 17 años en nacer como el pequeño reino que fue hasta que logró conquistar Zaragoza, pero a nosotros a sus monarcas nos los presentarían como “reyes”, mientras que a los de la Taifa nos los hacían llamar “reyezuelos”.”

Jaime Carbonel Monguilán. Arquitecto Técnico.

Autor del libro «El Alminar de Tawust», las intervenciones en obras de restauración del patrimonio de Jaime Carbonel le han llevado a conocer los aspectos más singulares de la arquitectura tradicional aragonesa, como el uso del yeso como material de agarre en lugar del mortero de cal, que era lo habitual en el resto de casi todo el mundo. Su dedicación al estudio detallado de la torre de Santa María de Tauste arroja unos resultados sobre su datación bien diferentes de los que se han sostenido tradicionalmente. Unas conclusiones que afectan de manera muy positiva al pasado de Tauste y a las consideraciones sobre el verdadero origen de la arquitectura mudéjar aragonesa.

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