Albalate del Arzobispo es la capital cultural de la comarca del Bajo Martín, en la provincia de Teruel. Su población no llega en la actualidad a los 2.000 habitantes, pero en el primer tercio del siglo pasado se acercaba a los 5.000.
Hay noticias de su existencia desde la Antigüedad. De la época islámica le queda el topónimo Al-Bala’at, que significa “el camino” o “la calzada”. Que de una población se recuerde el nombre que tenía en aquella época no es algo habitual, y ello indica que no se trataba de una aldea sin importancia. Conserva el trazado urbano de aquel entonces (calles estrechas y tortuosas en cuesta que parecen venir a converger en la plaza de la Iglesia) y se afirma que esa es la mayor herencia de aquella etapa, “con unos restos de muralla de dudosa datación y los cimientos del castillo”. Quizá no sea esa la única herencia, como vamos a ver en esta exposición. Hay noticias más concretas de la aljama judía que tuvo, pues parece ser que fue repoblada hacia 1400 con judíos huidos de otros sitios y hasta se les permitió construir sinagoga y elegir un lugar para enterrar a sus muertos. Aunque ahora pueda parecer extraño, entonces no lo era, pues perduraba aquel modelo de sociedad, la andalusí, aquella de la que se dice “de las tres culturas” pero que, como bien dice Eduardo Solanas, se trataba de una cultura única en la que convivían tres religiones.
Llama mucho la atención la torre de la iglesia de la Asunción, plantada delante de la fachada, en el lado derecho (el de la Epístola), misteriosamente girada (torcida, dirían otros), con una riqueza compositiva y una belleza plástica que destacan estrepitosamente ante esa fachada un tanto anodina de estilo clasicista que vino a cerrar por el lado occidental el gran templo construido a finales del siglo XVI (1581-1589), un volumen imponente tanto por su altura como por la superficie que ocupa (casi 1.000 m2), reflejo de la importancia demográfica de esta población en el momento que se construyó.

Evidentemente, esta torre se hizo exenta, pues la decoración y las formas que presenta eran iguales en toda su envolvente hasta que fue alcanzada por el templo actual. Como hasta hace poco no se había concebido que pudiera quedar apenas nada en nuestra tierra de época islámica, se admitió la explicación de que esta torre se había construido como campanario de otra iglesia mudéjar anterior, pero no se razonó acerca de lo que exponemos a continuación.
La orientación que la iglesia tiene actualmente es bastante acorde con la canónica de la época medieval (cabecera hacia el este). A partir del concilio de Trento (1545-1563) se fue abandonando ese criterio, pero aquí, por lo visto, se prefirió mantenerlo. Sin embargo, no ocurría lo mismo con el templo anterior, pues este tendría una dirección acorde con la torre o, para ser más exactos, la torre se haría acorde con el templo para el que fue concebida. ¿Pudo ser este una iglesia mudéjar o sería una mezquita en su origen? Sea como fuere, a la vista de la belleza y armonía de la torre, debemos imaginar una edificación con una suntuosidad decorativa similar a la de esta y que desapareció cuando la derribaron para hacer la iglesia que hoy conocemos. Si fue una iglesia, tengamos en cuenta que se construyó en época medieval, cuando se tenía muy en cuenta la dirección oeste-este si no había condicionantes de fuerza mayor como el que hemos visto en otras ocasiones en que la iglesia mudéjar se había construido en el mismo solar donde antes había existido una mezquita. Pero aquí vemos que ese condicionante no pudo existir porque, de hecho, para hacer la iglesia actual no tuvieron ese problema, aun estando ya exentos de la obligación de la orientación oeste-este. Por otra parte, tampoco era muy concebible haber hecho la torre aislada por todos sus lados si era campanario de la iglesia, circunstancia que sí es habitual en los alminares de las mezquitas. Además, aunque así fuera, a la vista de lo magnífica que es la construcción de la torre, no cabe pensar que la de la iglesia fuera una edificación tan deficiente como para no poder ser aprovechada y ampliada como en otros lugares. Si se derribó sería porque aquel edificio ya no encajaba para el culto cristiano de la época.
Teniendo en cuenta que no hay documentación sobre la fecha de la construcción de la torre, volvemos una vez más al argumento de lo que sucede a medida que el reino de Aragón se va anexionando territorio islámico: pueblos habitados por gente musulmana en su mayoría que tenían sus mezquitas con sus alminares. Las mezquitas son consagradas para la liturgia cristiana y los alminares se reconvierten en campanarios. Con el tiempo, las mezquitas van quedando anticuadas porque son bajas de techos y lo que se lleva en el mundo cristiano occidental son las altas bóvedas elevadas hacia el cielo. Sin embargo, los alminares, en muchos casos, siguen sirviendo para la misma utilidad de llamada a oración, esta vez ya mediante el tañido de campanas en lugar de viva voz, como lo hacía el almuédano. Además, el nuevo poder los encuentra bellos porque, de hecho, los toma como modelo para seguir realizando los mismos temas decorativos de ladrillo resaltado provenientes de la cultura islámica.
Es mucho más consecuente, pues, deducir que aquel viejo templo para el que se construyó esta torre fue una mezquita con su orientación propia, es decir, el ángulo que ahora nos indica la torre, algo que nos sitúa en el siglo XI, siglo de oro del reino de Saraqusta, y no una iglesia mal orientada donde no había motivo para tal “defecto”.
Se trata de una torre de las que llamamos “mixtas”, es decir, con un cuerpo bajo de planta cuadrada y la parte superior octogonal, resolviendo el paso del cuadrado al octógono por el interior mediante trompas en los ángulos y suavizándolo en el exterior con unas torrecillas sobre las esquinas del cuadrado, como ya vimos en otras torres que también originariamente habían sido alminares.

Otra de las peculiaridades que de igual forma hemos visto en otros alminares es que la estancia a nivel de suelo está cubierta por una bóveda sobre la que asienta la estructura de toda la parte de arriba: el desarrollo de la escalera en torno a una torre interior hueca, como la del alminar de la mezquita aljama de Saraqusta, todavía conservado dentro de la torre de la Seo de Zaragoza, siguiendo también el modelo de la torre de Utebo o de las torres de San Andrés y Santa María de Calatayud. También los techos con bovedillas enjarjadas, todo ello en ladrillo, como es habitual en la arquitectura zagrí.


Exteriormente, el cuerpo cuadrado se apoya sobre un zócalo de piedra sillar y, en el lado que forma rincón con la portada de la iglesia, existe un óculo que ilumina esa estancia baja que, hoy en día, sirve de capilla. Sobre ese óculo hay un hueco con arco de medio punto que tuvo que ser la entrada en alto a la torre, sin relación alguna con la iglesia. Desde ahí arrancaba la escalera.


Unos elementos que denotan una mayor antigüedad de la torre de la que siempre se le ha supuesto son unos merlones triangulares (motivo muy arcaico) sobre el remate del cuerpo cuadrado, adosados al cuerpo octogonal que, curiosamente, dan la vuelta en todo su perímetro, pasando incluso por detrás de las torrecillas de las esquinas, lo que significa que se hicieron antes que las mismas.

El cuerpo octogonal originario hubo que recrecerlo para subir el campanario más arriba al ser alcanzada la torre por la iglesia, con la gran altura que esta tiene, llegando así a concluir la esbelta torre que hoy es, rematada con ese chapitel de tejas vidriadas.


Jaime Carbonel Monguilán. Arquitecto Técnico.

Autor del libro «El alminar de Tawust», las intervenciones en obras de restauración del patrimonio de Jaime Carbonel le han llevado a conocer los aspectos más singulares de la arquitectura tradicional aragonesa, como el uso del yeso como material de agarre en lugar del mortero de cal, que era lo habitual en el resto de casi todo el mundo. Su dedicación al estudio detallado de la torre de Santa María de Tauste arroja unos resultados sobre su datación bien diferentes de los que se han sostenido tradicionalmente. Unas conclusiones que afectan de manera muy positiva al pasado de Tauste y a las consideraciones sobre el verdadero origen de la arquitectura mudéjar aragonesa.
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