
Palacio de la Aljafería. Monumento representativo de la arquitectura saraqustí. Foto J. Peña.
A lo largo de cincuenta artículos dedicados a esta arquitectura “erróneamente” catalogada dentro del arte mudéjar aragonés, hemos venido justificando que, realmente, no se había construido a partir del siglo XIII sino que tenía, al menos, dos siglos más de antigüedad y que, por ello, merece otra catalogación más especial. Debo expresar mi enorme agradecimiento al Colegio Oficial de la Arquitectura Técnica de Zaragoza y, en particular, a la Junta de Gobierno encabezada por su presidente, D. Rafael Gracia Aldaz, por su buena acogida y haber puesto el blog del Colegio a disposición de esta causa para publicar estos contenidos que tanto nos atañen, no solo a los arquitectos técnicos, sino también a buena parte de la sociedad por lo que de identificativo tiene todo ello. No he de olvidarme de mi buen amigo y compañero Pablo Sebastián Franco, quien, desde su cargo en la Junta de Gobierno, se ocupó de promover una mayor amplitud en la ya extensa actividad cultural del Colegio e incluir esta serie de artículos que, de momento, hoy llegan a su fin, motivado por todo lo que ello supone, desde la perspectiva del gran profesional que es él (y, además, “calatayubí”). Gracias a su labor, esto ha podido ver la luz desde este prestigioso medio, y también gracias a Noemí Alfambra Cabrejas, quien ha tenido la paciencia de ir recepcionando todos estos artículos durante cuatro años y darles la forma adecuada para su publicación en la web, siempre con delicada atención y entusiasmo, a la vez que espíritu crítico.
Como resumen, recordaremos que, según la historiografía tradicional, el único edificio que nos quedaría en Aragón de época islámica es el palacio de la Aljafería (siglo XI). A partir de ahí, toda la arquitectura de ascendencia islámica que tenemos arrancaría de ese siglo XIII, casi dos siglos después de la conquista cristiana. Siempre se argumentó que tiene su origen en la Aljafería y en el arte almohade que, en esos momentos, se estaba desarrollando en Alandalús (que ya se reducía a la actual Andalucía), y que los artífices fueron los mudéjares, es decir, los musulmanes aragoneses que aún vivían en estas tierras.
Estos razonamientos sobre el origen de la arquitectura mudéjar aragonesa se tambalean por sí solos. En primer lugar, resulta muy extraño que, tras casi dos siglos de cristiandad, se estuvieran copiando aquí unas formas de construir venidas de un mundo contrario (el Imperio almorávide), cuya frontera se hallaba a unos 500 Km hacia el sur, cuando Aragón miraba más hacia Europa y el Mediterráneo y las modas que aquí llegaban eran las propias del mundo cristiano de aquel entonces, lo que hoy conocemos como “arte gótico”. Tampoco puede explicarse el palacio de la Aljafería (arquitectura civil, un solo edificio) como precedente de un enorme conjunto de edificios, en su mayoría religiosos (más de 200 monumentos), en los que se desarrolla un variadísimo repertorio de sistemas estructurales y motivos de decoración. Se trata de argumentos que vienen de otra época (principalmente del siglo XIX) en la que se impuso una ideología interesada en ensalzar el sentimiento nacional católico. Aunque aquello quedó trasnochado hace tiempo, la inercia y la falta de interés por renovar lo que derivó de aquellos principios han hecho que esos dogmas perduraran hasta el presente.
En estos artículos hemos visto que lo que conocemos como “arquitectura mudéjar” surgió de la necesidad de construir edificios (principalmente, iglesias) que siguieran el canon de la arquitectura gótica, pero con unos materiales que no son los propios de aquella. Es decir, aquí no disponemos de piedra para construir, pero sí tenemos en abundancia arcilla para fabricar ladrillos y yeso para material aglomerante, a diferencia del resto del mundo occidental, donde se emplea el mortero de cal. La mano de obra especializada en el uso de esos materiales son los alarifes musulmanes que todavía viven en las tierras de sus antepasados y que dan continuidad a aquellas formas de construir y de decorar, pagada por el poder cristiano, a cuyo servicio trabaja. Aquellas mezquitas que, tras la conquista cristiana, habían sido consagradas como iglesias han quedado ya viejas y obsoletas, oscuras y bajas de techos, y son sustituidas por los templos que hoy conocemos, con sus bóvedas elevadas hacia el cielo y sus ventanales por los que entra la luz natural, siguiendo las modas europeas del momento, pero con el arte de construir en ladrillo y yeso. En muchos casos, como los que hemos visto hasta ahora, los alminares no desaparecen porque son muy del gusto cristiano y siguen sirviendo perfectamente como campanarios, unas veces ensanchando los ventanales para alojar las campanas y, otras, recreciéndolos con un nuevo cuerpo que sirve de campanario. Aquí es donde topamos con la historiografía tradicional, que mantiene la idea de que, no solo se derribaron las mezquitas, sino también las torres, a pesar de que muchas de ellas, analizadas desde el punto de vista de nuestra especialidad, encajan de manera muy extraña con las iglesias a las que acompañan y descubrimos, por las juntas constructivas, que su obra es anterior a la de sus respectivas iglesias, cuando nunca se hizo un campanario antes que el templo.
Este es el verdadero origen de lo que denominamos “arquitectura mudéjar aragonesa”, denominación que también cabría revisar. Cervantes escribía lo siguiente en “El Quijote”: Tagarinos llaman en Berbería a los moros de Aragón, y a los de Granada, mudéjares (capítulo XLI, que lleva por título “Donde todavía prosigue el cautivo su suceso”). Realmente, fue “mudéjares” la denominación que se les dio a los moros castellanos tras la conquista cristiana y siglos después se extendió al resto de los musulmanes españoles en ese intento de imponer lo castellano al resto en el afán de dar idea de unidad de España. Los “moros aragoneses” nunca imaginaron que fueran a ser llamados así, pues ellos se identificaban bajo el gentilicio de tagarinos, palabra que viene de Thagr, es decir, descendientes de las gentes de la Marca (Marca Superior de Alandalús, en árabe ath-Thagr al-‘Alà). Ya explicamos en otro artículo por qué lo lógico sería denominar zagrí a todo lo anterior a la conquista cristiana y tagarino a lo posterior a la misma.
En esta serie de artículos hemos visto que más de treinta torres catalogadas como mudéjares son realmente antiguos alminares erigidos en la época islámica, así como otros edificios religiosos que también vienen de aquel entonces, con la particularidad tan especial en toda esta arquitectura de que el yeso es el único material aglomerante. Es una circunstancia que solo compartimos con Oriente Medio y que hace de la nuestra un arte muy distinguido respecto a la arquitectura de ascendencia islámica del resto de la península (tanto musulmana como mudéjar), dadas las técnicas constructivas que derivan de la rapidez del fraguado de este material y la posibilidad de construir sin apenas cimbras ni encofrados.
Pero esto quizá sea una pequeña parte. Podemos decir que las torres aquí estudiadas son las más evidentes, pero existe una segunda línea no menos importante y que bien merecería un estudio detallado a partir de todo lo aquí expuesto. Podemos citar una larga lista de localidades con posible patrimonio zagrí: ahí están las torres de Alcubierre, Perdiguera, Pina, Villanueva de Gállego, La Muela, Lumpiaque, Azuara, La Puebla de Alfindén, Monzalbarba, Peñaflor, Velilla de Ebro, Torres de Berrellén, Pradilla de Ebro, Pastriz, Monterde, Villafeliche, Urrea de Jalón, Salillas de Jalón, Valdehorna, Murero, Herrera de los Navarros, Mainar, Olalla, Muniesa, Borja, Trasobares, Agón, Magallón, Pozuelo de Aragón, Tarazona (la Magdalena), torres de San Pedro y de la catedral de Teruel, torre de la catedral de Barbastro, Torralba de Aragón… También posibles mezquitas, como las iglesias de Zuera, Luceni, Miedes, Morata de Jiloca, Paracuellos de la Ribera o Tarazona (la Magdalena) y otras edificaciones importantes, como puede ser el castillo de Sádaba. Todo ello sin que esto suponga una relación exhaustiva. Se hace necesario profundizar en todo esto y, además, corroborarlo con ensayos de datación por el método de la termoluminiscencia, que permite conocer la edad aproximada de los ladrillos e incluso de los morteros. Son ensayos científicos no excesivamente costosos con resultados objetivos que servirían, bien para corroborar estas nuevas teorías, en cuyo caso las harían ya irrefutables, o bien para contradecirlas, con lo cual deberían abrirse nuevas investigaciones para dar explicación coherente a las circunstancias que aquí se han ido exponiendo en cada caso. La dificultad principal que tienen estas pruebas radica en la elección cuidadosa de las muestras a tomar, pues hay que asegurarse de que sean materiales originarios y no repuestos, lo cual, a veces, no es fácil en unos edificios milenarios, pero hay criterios para ello.
En cuanto a la opinión de los especialistas y profesionales, el estado actual se encuentra dividido en tres sectores. Por una parte, están los que mantienen el inmovilismo más absoluto, negando cualquier posibilidad de debate o de avanzar en otras líneas diferentes de los dogmas que siempre aprendieron y, por otra, los que admiten abiertamente que estas nuevas teorías tienen mucho sentido. En medio están aquellos que se pliegan ante las evidencias de que muchas torres son anteriores a sus respectivas iglesias, pero argumentan que eso no los lleva a la conclusión inequívoca de que sean alminares de época islámica.
Este sector de postura intermedia es cada vez más amplio. Su reconocimiento, aunque pueda parecer tímido, es ya muy importante porque obliga a abrir la siguiente puerta: si esas torres hubieran sido construidas antes, pero en época ya cristiana, se habrían hecho como colofón de otras iglesias -también mudéjares, por supuesto-, pero erigidas tan solo unas pocas décadas antes que las actuales y que ya fueron demolidas y sustituidas por estas. La pregunta inmediata es: ¿tan mal habían construido esas iglesias como para tener que derribarlas y tan bien habían hecho las torres? ¿Y no solo en un caso aislado sino en decenas de ellos?
Realmente, reconocer las nuevas teorías implica un cambio radical en la consideración de este patrimonio, así como en las posibilidades de promoción cultural y turística, que puede producir cierto vértigo e, incluso, pereza, pero es un reto que merece la pena. Persiste cierta resistencia a reconocer esta realidad por lo que supondría comenzar a difundir ante el mundo que este patrimonio tan extenso realmente había sido erigido en época islámica donde se suponía que no quedaba nada de aquel entonces, salvo el palacio de la Aljafería y unos cuantos castillos en ruinas esparcidos por nuestra geografía.
Mientras no se avance en esto se está negando la alta consideración y el verdadero valor histórico que merece algo que es tan nuestro y solo nuestro.

Jaime Carbonel Monguilán. Arquitecto Técnico.

Autor del libro «El alminar de Tawust», las intervenciones en obras de restauración del patrimonio de Jaime Carbonel le han llevado a conocer los aspectos más singulares de la arquitectura tradicional aragonesa, como el uso del yeso como material de agarre en lugar del mortero de cal, que era lo habitual en el resto de casi todo el mundo. Su dedicación al estudio detallado de la torre de Santa María de Tauste arroja unos resultados sobre su datación bien diferentes de los que se han sostenido tradicionalmente. Unas conclusiones que afectan de manera muy positiva al pasado de Tauste y a las consideraciones sobre el verdadero origen de la arquitectura mudéjar aragonesa.
Artículos anteriores
La arquitectura zagrí y mudéjar en Aragón (I).
La arquitectura zagrí y mudéjar en Aragón (II): El caso de Tauste.
La arquitectura zagrí (IlI): Un poco de historia.
¿Por qué la llamamos «arquitectura zagrí»?
El yeso: Ese material tan habitual como ignorado.
Errores conceptuales respecto al yeso.
Técnicas de construcción con yeso.
Mortero de cal o pasta de yeso.
¿Cómo nació la arquitectura mudéjar aragonesa?
Génesis de la Arquitectura Zagrí.
Evolución estructural de los alminares zagríes.
La Parroquieta de La Seo de Zaragoza.
La Seo de Zaragoza o la Mezquita Aljama de Saraqusta.
La Torre de San Pablo de Zaragoza.
La Torre de la Magdalena de Zaragoza.
La Torre de la Iglesia de San Gil Abad de Zaragoza.
Aproximación histórica a la construcción de la Torre Nueva de Zaragoza.
La Iglesia de San Martín de la Aljafería.
La Torre de Santa María de Tauste.
La necrópolis islámica de Tauste.
El castillo de Rueda de Jalón.
La Torre de La Almunia de Doña Godina.
Los enigmas de la Torre de Ricla.
El Castillo Mayor de Calatayud.
Iglesia y Torre de San Andrés de Calatayud.
Santa María La Mayor de Calatayud.
La Torre de San Pedro de los Francos de Calatayud.
La Torre de Santa María de Ateca.
Iglesia y Torre de Santa María de la Vilueña.
Un alminar en la Iglesia de Santa María de Maluenda.
La Torre del Belmonte de Gracián.
La Torre de Villarreal de Huerva.
La Torre de Santa María de Daroca y Agustín SanMiguel Mateo.
